Sin mar ni tampoco grandes montañas, Vallbona se esconde en una sierra de valles sorprendentemente remotos y bellos.

Demasiadas veces el viajero llega a Vallbona y se olvida de adentrarse en su paisaje aislado, ondulado, lleno de espacios encantados.

En esta tierra, los valles son breves pero profundos y, ante los ojos del forastero desorientado, se repiten como en un exasperante espejismo. La paz y la armonía llegan al descubrir la naturaleza delicadamente ordenada en terrazas que se encaran montaña arriba, tan enrevesadas y exigentes que más que cultivos parecen jardines ganados al bosque.

En esta tierra algo alejada del mar, las estaciones están muy marcadas y habrá que volver a Vallbona con el paso del año para descubrir, en cada visita, un paisaje totalmente nuevo.

Una orografía complicada entre la sierra y la llanura

El término de Vallbona se esconde en el enrevesado laberinto de valles y subvalles que compone el paisaje de la Baixa Garriga y el valle del río Corb, encajado entre la sierra del Tallat al sur y la llanura del Urgell al norte. Se trata de un paisaje, aunque de poca altitud, extremadamente ondulado y con pendientes importantes que son responsables de accesos lentos y fatigados y, en consecuencia, de un secular aislamiento.

Pueblecitos remotos y solitarios

En esta tierra, los núcleos de población son escasos y pequeños, aunque siempre apiñados en torno a una parroquia formando pintorescos pueblecitos. Tal es su aislamiento que cada pueblo se refiere al pueblo vecino como si se tratara de tierras lejanas donde habita gente con idiosincrasias distintas, que hablan con acentos y palabras peculiares, aunque solo los separen un par de kilómetros.

Pueblo de Rocallaura con los molinos de la Sierra del Tallat al fondo.

Apiñados en torno a su iglesia, con casas entrelazadas, es como si los habitantes de estos pueblos tuvieran miedo de algo. Vallbona es un buen ejemplo, pero también las aldeas vecinas de Rocallaura, Maldà, El Vilet, Rocafort y Montblanquet, todas ellas buenos candidatos a una bonita postal y que bien merecen una visita. Y quizá tenían razón en empeñarse en vivir muy cerca del vecino, ya que algunos historiadores han propuesto que la ausencia de masías y explotaciones rurales aisladas podría explicarse por el elevado bandolerismo que existió durante toda la época moderna.

No debería sorprendernos que Ramon de Vallbona, el eremita fundador del cenobio, encontrara esta tierra sugestivamente salvaje y aislada, idónea para abandonarse a la soledad y a la oración, sobre todo si somos capaces, tantos siglos después, de borrar toda huella humana y de reforestar mentalmente este laberinto de valles para imaginarlo tal como lo encontró el santo fundador del monasterio en el siglo XII.

Naturaleza y agricultura en armonía

Seguramente el aspecto más idiosincrático del paisaje de los alrededores de Vallbona es la equilibrada combinación de zonas forestales y zonas cultivadas. Por un lado, el bosque mediterráneo, sobre todo pino carrasco y encina, tiñe de verde oscuro las cimas de los cerros y las divisorias; por otro, las laderas de los valles dibujan un mosaico de parcelas y terrazas cultivadas. En las más altas y estrechas se cultivan sobre todo olivos y almendros, mientras que en las zonas bajas del valle, en campos más espaciosos y accesibles, se suele cultivar la vid y la cebada.

Paisaje de primavera. Camino de tierra blanquecina, campos de cebada, márgenes como parterres de flores de uno de los tantos valles secundarios del río Maldanell.

Arquitectura rural: márgenes y cabañas

Para que este relieve accidentado se hiciera cultivable, los campesinos han construido incontables terrazas delimitadas por bonitos márgenes de piedra seca. Las terrazas han permitido y permiten aún hoy trabajar cómodamente terrenos de otro modo demasiado inclinados, al tiempo que propician que la tierra retenga la humedad y evitan los estragos de la erosión. Se trata de una auténtica obra faraónica de remodelación paisajística realizada de forma anónima durante muchos siglos, en la que se han invertido cientos de miles de horas, generación tras generación.

El valor escénico de este paisaje es incuestionable. Difícilmente encontraremos una perspectiva de un valle que no esté surcada de terrazas y parcelada por serpenteantes muros de piedra seca, con sus típicas tonalidades blanquecinas y amarillentas, que son también las de las paredes del propio monasterio, debido a la composición calcárea de la piedra de esta tierra.

Torreta de Cal Manco. La piedra seca se ha utilizado aquí para construir márgenes, escaleras y cabañas.

Adosadas a estos márgenes de piedra se encuentra otro elemento característico de este paisaje: las cabañas y refugios rurales. Son también construcciones de piedra seca, por tanto sin utilizar mortero ni argamasa. En particular, son de especial interés las que utilizan la técnica de la bóveda, maravillosamente encajadas entre una terraza y la siguiente. En el mapa de esta guía se han señalado las más destacadas, además de dedicarles una ficha explicativa para descubrir cómo, cuándo y por qué se construyeron tantas.

Cabaña de bóveda encajada en un margen, entre una terraza y la terraza superior.