Ramon de Vallbona
A diferencia de Poblet y Santes Creus, iniciados por monjes cistercienses franceses por encargo de condes catalanes, Vallbona se organizó en torno a la figura misteriosa de un eremita y de sus discípulos, hombres y sobre todo mujeres.
Vallbona nace, por tanto, desde abajo. Se configura como una experiencia eremítica, religiosa y de vida en común de gente humilde y anónima bajo la dirección de un carismático líder religioso, Ramon de Vallbona.
Nace sin promoción ni participación directa de ningún poder establecido y es solo dos décadas después de sus inicios cuando la comunidad se adhirió a la orden del Císter, hecho que le aseguró su pervivencia y su éxito inmediato en la Cataluña medieval.
En los siglos venideros, Vallbona siempre haría bandera de su origen independiente, que no vincula el monasterio a ninguna casa madre más allá del propio Gran Capítulo del Císter.
Una tierra despoblada y hostil
Los enrevesados valles al norte de la Sierra del Tallat que conforman el pintoresco paisaje de Vallbona eran a mediados del siglo XII una tierra a la vez despoblada, peligrosa pero llena de posibilidades. La expansión de los nobles catalanes en tierras árabes había dejado este territorio por repoblar, donde consolidar el poder cristiano y explotarlo agrícolamente. Es en esta tierra fronteriza, de dominio incierto, aún a merced de incursiones sarracenas y cristianas, donde encontramos las primeras noticias del eremita Ramón.
Detalle del retablo del Corpus Christi, Vallbona, 1348-1349 (MNAC). De todas las representaciones de la profunda crisis que asola la Baja Edad Media —peste, guerras, danzas de la muerte, etc.— esta imagen es una famosa obra gótica vallbonina. Representa la profanación de una hostia por judíos a los que se acusaba de ser los causantes de las malas cosechas y la peste.
Ramón, un eremita sin pasado
El misterio sigue envolviendo la figura del fundador de Vallbona. Nada sabemos de su origen, ni geográfico ni familiar, lo que hace sospechar un origen humilde.
No obstante, en el siglo XIV, es decir, dos siglos después de su muerte, en el scriptorium de Vallbona se escribió una biografía sobre su vida y milagros donde se reivindicaba que Ramón era natural de Anglesola. Lo cierto es que la mayoría de historiadores consideran esta información apócrifa, fabricada quizá para dar prestigio a la poderosa familia noble de los Anglesola, que habría de dar importantes abadesas al monasterio entre los siglos XIII y XIV.
Lo único que sabemos con certeza es que, hacia el año 1150, un tal Ramón y un grupo de “hermanos” que lo imitaban en penitencia y devoción ya se habían establecido en el valle del Maldanell, donde hoy se encuentra el pueblo de Vallbona, y que vivían pobremente, en constante oración y sin miedo a las incursiones sarracenas, de las cuales él mismo fue víctima y prisionero hasta en dos ocasiones.
Vida y milagros de San Ramón
Desde el scriptorium medieval de Vallbona nos ha llegado una biografía hagiográfica de Ramón de Vallbona que, al menos desde el punto de vista historiográfico, debe tomarse con cautela, aunque es probable que se inspire en hechos, personajes y lugares históricos. La Vita Raimundis Confessoris, como cualquier otra obra de este género en la Edad Media, relata la penitencia y santidad de Ramón y los milagros que realizó.
Miniatura de un eremita. Manuscrito de la biblioteca de Vallbona de les Monges, siglo XV.
En la vida del santo se relata cómo Ramón fue hecho prisionero dos veces por sarracenos de Siurana. La primera vez, llevado cautivo, se le obligó a convertirse al Islam bajo amenaza de ser arrojado al vacío desde un precipicio de Siurana. Pero Ramón se mantuvo firme y aceptó su destino sin miedo. Entonces, los sarracenos, impresionados por su valentía y confianza en Dios, prefirieron liberarlo.
Durante el segundo ataque, un grupo de sarracenos entró en la cueva donde el santo vivía y la saquearon. Ramón continuó rezando en su interior como si nada hubiera ocurrido. Los asaltantes, resentidos por el escaso botín y la indiferencia del eremita, quemaron la cruz ante la que rezaba.
Para sorpresa de los agresores, al extinguirse el fuego todo apareció consumido por las llamas excepto la cruz ante la que Ramón seguía postrado. Los sarracenos comprendieron que aquel era un hombre de Dios y, llenos de temor, se retiraron.
La milagrosa cruz de este episodio fue conservada en el monasterio durante mucho tiempo, al menos hasta el siglo XIX, cuando aún se tienen referencias de ella. La vida de San Ramón se leía cada año en el monasterio, en el aniversario del fundador, y servía para inspirar a las religiosas y reivindicar las raíces y la independencia con la que nació la comunidad.
Las eremitas de Vallbona se integran en el Císter
A pesar de las idas y venidas de Ramón para asistir a las numerosas comunidades que había fundado, nunca descuidó el grupo de Vallbona. Para asegurar su mantenimiento, hacia el año 1171 negoció con el monasterio de Poblet —fundado solo 20 años antes pero que amenazaba con engullir todas las comunidades eremíticas de esta parte de la Cataluña Nueva— la adscripción independiente de la comunidad de Vallbona a la orden del Císter.
La adhesión al Císter implicaba que la comunidad dejaba de ser mixta y pasaba a ser exclusivamente femenina; además, debía ser instruida y adoptar el modelo de gestión económica, política y religiosa propio de la orden.
Monasterio de Tulebras, Navarra, primera casa del Císter en los reinos hispánicos, de donde procedía la primera abadesa de Vallbona.
Para ello, en 1173, dos monjas y dos doncellas del monasterio de Tulebras, el primer cenobio cisterciense de los reinos hispánicos situado entre Navarra y Aragón, se trasladaron a Vallbona para formar y dirigir la nueva comunidad. Inicialmente, la comunidad de religiosas eremitas se dividió en dos: unas bajo la estricta dirección cisterciense de las recién llegadas monjas navarras, y otras que mantenían la autogestión eremítica anterior.
Consolidación y éxito
Justo antes de su muerte en 1176, Ramón de Vallbona dejó por escrito en su testamento la organización de las dos comunidades femeninas de Vallbona de cara a una inminente unificación. Pocos meses después, ambas comunidades ya vivían juntas en el fondo del valle donde se encuentra hoy el actual monasterio, bajo el báculo de la abadesa Òria, una de las monjas navarras.
En esos mismos años comenzaron las donaciones de tierras y rentas por parte de la nobleza local. Apenas un año después de la llegada de Òria a Vallbona, el propio Alfonso I de Aragón realizó la primera donación real de propiedades a la nueva comunidad. Cuatro años más tarde, él y la reina visitaron personalmente la comunidad de cistercienses de Vallbona y prometieron dotarla de tierras y rentas para la construcción y mantenimiento de un nuevo monasterio.
Había comenzado el largo camino del monasterio de Santa María de Vallbona.