Montblanquet
Encantador pueblecito de dieciséis habitantes, de piedra, abrazado por la hiedra y deliciosamente conservado.
En este olvidado rincón del mundo, el tiempo se ha detenido. Recogido en un fresco valle, se apiña un puñado de casas rústicas pero elegantes, decoradas con espectaculares hiedras que estallan en colores. Un sueño de pueblo.
El pueblo que resucitó
Salta a la vista que Montblanquet nunca ha sido un núcleo excesivamente poblado. Asentado en un valle remoto, a una cota elevada, la aldea ha servido de hogar a pastores y agricultores de las tierras altas de la sierra del Tallat, cuyos bosques fueron durante muchos siglos propiedad del monasterio de Poblet.
A mediados del siglo XX, con la despoblación galopante del medio rural catalán, el pueblo llegó a ser totalmente abandonado. La gente de la comarca ya no hablaba de Montblanquet sino de las ruinas de Montblanquet. El pueblo corría el riesgo de convertirse, para siempre, en un puñado de paredes vacías que pronto la naturaleza se encargaría de reconquistar, tal como ha sucedido con muchos otros pequeños pueblos de montaña de Cataluña.
Afortunadamente, en estas últimas décadas, hijos de Montblanquet o simplemente enamorados de este rincón del mundo han rehabilitado muchas de sus casas, recuperado sus calles y sus fuentes, y empezado a hacer humear sus chimeneas de piedra. Hoy, en Montblanquet viven una docena de personas durante todo el año y bastantes más durante los fines de semana y los meses de vacaciones.
Un entorno natural de ensueño
El valle donde se esconde el pueblo de Montblanquet se encuentra a una cota relativamente alta (627 m). A esta altura, el clima es más frío y húmedo que en la llanura; abundan los árboles caducifolios como el espino y el roble que dan color en otoño, y la primavera acoge una rica variedad de flora que convierte el paisaje en un jardín deslumbrante. Los veranos son también más suaves, aunque nadie espere escapar del sol inclemente del verano de este país. Y en invierno, ¡ay!, prepárense para el blanco de las heladas y el gris de la niebla.
Situado junto a las cumbres de la sierra del Tallat, el valle está bien provisto de agua. El pueblo cuenta con numerosas fuentes que vale la pena visitar. En concreto, desde la Font Vella, a unos 100 m al sur del pueblo, se obtiene una fabulosa panorámica del lugar.
Relativamente mal comunicado, muchos de los campos que antiguamente eran cultivados han sido abandonados y la naturaleza no ha tardado en reclamarlos, sobre todo repoblándolos con pino carrasco. En este paisaje, ni el hombre ni la naturaleza no se anulan entre sí, y este equilibrio invita a pasear por él.
Aquellos molinos allá al fondo...
Si el visitante mira al fondo del valle en dirección suroeste, apreciará, alineados sobre la cresta de la Sierra del Tallat, la hilera de molinos eólicos que se instalaron entre 2007 y 2008. Las opiniones sobre si los molinos añaden o restan encanto al lugar son de todos los gustos y fueron y siguen siendo motivo de controversia. El viajero juzgará por su cuenta.
Un entorno natural de ensueño
Montblanquet es un pueblo fotogénico, y para que todas las casas salgan en la foto, se ha asentado sobre una pequeña colina. En el punto más alto se encuentra la iglesia; y ladera abajo se han ido derramando las casas. Para salvar el desnivel, los callejones se encajonan en fuertes pendientes que a menudo desembocan en bonitas escalinatas.
Montblanquet es fotogénico también gracias a los cambiantes colores que toma la hiedra y las plantas trepadoras que trepan por todas las casas. Las calles tienen geranios y rosales en el exterior como si los vecinos los hubieran confundido con sus propios jardines.
Una iglesia de gusto muy cisterciense
La guinda en lo alto de Montblanquet es su pequeña y sencilla iglesia, muy acorde con el pueblo. Es la iglesia de San Andrés, que data del siglo XIII y es de transición entre el románico y el gótico. Sin prácticamente motivos ornamentales, maciza y lisa, nos hace pensar en las primeras construcciones del monasterio de Vallbona. Y en efecto, su estilo es claramente cisterciense. Pero no por influencia de Vallbona, sino del monasterio de Poblet, que aunque está bastante más lejos, en aquella época era quien gobernaba estas tierras.