Dos inmensos arcos apuntados es todo lo que queda hoy del antiguo granero y bodega del monasterio.

El monasterio medieval de Vallbona no solo vivía de oraciones; había que alimentar a centenares de bocas al mismo tiempo que se necesitaba un espacio donde almacenar la cosecha y los impuestos de la poderosa señoría.

Es aquí, en la actual Carrer Major, donde el monasterio medieval tenía sus almacenes. De estos, hoy solo sobreviven dos imponentes arcadas góticas del siglo XIV. Pero el visitante curioso que quiera leer las cicatrices de las paredes de esta antiquísima calle puede intentar reconstruir algunas de las muchas reformas que ha sufrido.

De lleno dentro de la primera muralla

Todos los monasterios cistercienses presentan una misma estructura arquitectónica. Todos se configuran en tres recintos concéntricos, dentro de los cuales se organizan las dependencias de la comunidad en orden de importancia espiritual. En el tercer y más interior se encontraban la iglesia, la sala capitular y el claustro, mientras que en el primero y más exterior de los tres recintos se encontraban los almacenes, las bodegas, las oficinas de la baronía, el hospital, la hospedería y las casas de profesionales vinculados al monasterio.

Es en el primer recinto, antiguamente amurallado como cualquier centro urbano medieval de cierta importancia, donde se encontraba ‘Lo Cubar’, que probablemente no solo funcionaba como bodega sino también como granero y almacén.

Reconstruyendo mentalmente ‘Lo Cubar’

De este rincón del pueblo sobre todo nos llaman la atención los dos enormes arcos ojivales que ofrecen una de las postales más características de Vallbona. Pero si nos fijamos en las paredes a ambos lados de la calle nos daremos cuenta de que es posible distinguir los restos de otros tres arcos hoy desaparecidos. En la época medieval, esta fila de arcos servía de soporte a una cubierta de madera que hacía de techo de una espaciosa nave.

‘Lo Cubar’ era una construcción que de hecho iba más allá de este tramo de calle. Las casas de enfrente del monasterio esconden una segunda nave de doble piso que corría paralela a la nave central descrita. Los bajos de estas casas aún descansan hoy sobre arcos ojivales medievales. Y es recomendable asomarse discretamente al taller del vidriero o a la entrada de la casa de algún vecino para apreciarlos.

Taller del vidriero Gerard Balcells. Se aprecia el arco apuntado del primer piso de la nave lateral de ‘Lo Cubar’, hoy parte de los cimientos de casas particulares.

Bajo la calzada de la calle y bajo sus casas, sabemos que el suelo está muy perforado. Hay numerosos pasadizos que van y vienen hacia el monasterio y cubas de aceite y de vino que algún día deberán ser recuperadas.

Antiguo molino de aceite. Probablemente posterior a cuando Lo Cubar se convirtió en calle.

A mitad de la calle todavía se encuentran los restos de una antigua prensa de aceite, seguramente muy posterior a la época en que la calle formaba parte de la bodega del monasterio, ya que en ella se lee cincelada la fecha de 1843.

Almacén de alimentos e impuestos

Quizá sorprenda el tamaño que debía de tener el antiguo granero y bodega de la abadía. Pero recordemos que en los momentos de mayor esplendor del monasterio, la comunidad llegó a acoger medio centenar de monjas, un número similar de criadas, decenas de conversas y donadas, administradores de la baronía, varios capellanes para decir misa, peregrinos del hospicio, enfermos del hospital y numerosos oficios asociados al monasterio. Una pequeña ciudad medieval que había que alimentar.

Por si esto fuera poco, el monasterio se convirtió en una poderosa señoría y baronía feudal. En otras palabras, además de las tierras que cultivaba directamente, la abadía era arrendataria de muchas otras por las que recaudaba impuestos a los campesinos y siervos que las trabajaban. El monasterio cobraba también por los derechos de justicia que administraba así como por el intercambio de bienes y numerosas actividades económicas. Y como era frecuente en la época medieval, el pago de tasas e impuestos al señor feudal, en este caso a la abadesa, se efectuaba en especie, entregando una parte de la cosecha. De ahí la necesidad de un gran almacén.

Lo Cubar se convierte en calle

Sean cuales sean los avatares que ha sufrido esta calle después de la época medieval, parece que el espacio se consolidó rápidamente como un punto de sinapsis entre el nuevo pueblo y el viejo monasterio. Naturalmente lo propiciaba su ubicación entre la entrada al cenobio y el antiguo edificio del ayuntamiento.

Parladoret de Missenyora. Balcón desde el que la abadesa, señora del pueblo y de sus alrededores, se dirigía a sus súbditos fuera del monasterio.

Prueba de ello son el ventanal y la balconada que encontramos al principio de esta calle, en la pared del monasterio, y que recibían el nombre de Parladoret de Missenyora. Desde aquí la abadesa tenía la costumbre de dirigirse al pueblo. Báculo en mano, detrás de la reja que simbolizaba la clausura, recibía el homenaje de sus vasallos representados en las autoridades del ayuntamiento.