La fuente de la Plaza
Lo que durante muchos siglos fue el antiguo osario de los muertos es hoy la bonita plaza del pueblo.
Es aquí donde durante siete siglos se enterraron las monjas y los benefactores del monasterio, cerca de las oraciones que diariamente se rezan en la iglesia y que debían ayudarles a alcanzar la salvación eterna.
En el siglo XIX el cementerio había caído totalmente en desuso y es entonces cuando se abrió su acceso al pueblo, el espacio se convirtió en plaza y se construyó la fuente neoclásica que encontramos hoy.
Un foso, no un cementerio
Desde los orígenes del monasterio hasta finales del s. XVIII, este espacio sirvió como foso donde enterrar a los muertos. Conviene hablar de foso y no de cementerio porque el entierro cisterciense ha sido siempre una ceremonia austera y solemne donde el difunto o la difunta se inhumaban sin ataúd, directamente en contacto con la tierra, envueltos en una mortaja de lana, sin apenas dejar constancia del lugar de la sepultura.
Naturalmente, se han hecho excepciones para abadesas, reinas u otros grandes personajes, pero, aun así, cualquier lápida o sarcófago que el visitante pueda encontrar en el monasterio será en general sencillo y desprovisto de ostentación.
Las casas alrededor de la plaza
Las casas que rodean la plaza son hoy viviendas particulares, primeras o segundas residencias. Pero antes de la fundación del pueblo, tanto el foso como estas casas formaban parte del interior de la muralla de la abadía. Eran edificios anexos al monasterio, necesarios para su funcionamiento y su economía.
Las casas justo enfrente de la iglesia fueron las estancias de los capellanes, del farmacéutico, del cirujano y del cerero, todos ellos oficios asociados al monasterio. Los edificios inmediatamente fuera de la plaza, en la calle mayor que baja, fueron el hospital de enfermos y la hospedería de peregrinos. Hoy en día, muchas de estas casas particulares aún descansan sobre arcos, bodegas y cubas medievales, que un día formaron parte del cenobio medieval.
Un foso para qué muertos
En este foso no solo descansan numerosas generaciones de religiosas del monasterio, sino también sus benefactores, a menudo nobles o ricos burgueses.
Son muchos los linajes nobles, incluso de sangre real, que realizaron importantes donaciones de tierras y derechos feudales al cenobio de Vallbona. Su motivación podía ser piadosa, pero en algunos casos también existía, previsiblemente, cierto cálculo. Qué buen negocio para familias nobles, muchas de las cuales habían pasado la vida entre guerras e intrigas de palacio, adquirir, con una generosa donación, un lugar de paz en el foso del monasterio de Vallbona y confiar así la salvación de su alma a las intercesiones y oraciones de unas religiosas mucho más cercanas a Dios de lo que ellos lo habían estado en vida.
El cementerio se convierte en plaza
A principios del s. XIX, el foso cayó en desuso. La comunidad había ido disminuyendo en número mientras que el pueblo, por el contrario, había crecido de forma notable. Aprovechando que las monjas pasaron a enterrarse en la galería norte del claustro, tal como aún lo hacen hoy, el antiguo foso de los muertos se abrió y se hizo accesible al pueblo.
Fotografía de la Plaza del Monasterio, principios del s.XX. El antiguo foso, abierto al pueblo, se convirtió en centro sociocultural del pueblo.
Su céntrica ubicación convirtió rápidamente este bonito espacio en uno de los centros de la vida social de la villa. Allí comenzaron a celebrarse bailes, procesiones, fiestas mayores y todavía hoy algunos conciertos. En verano, los mayores charlan a la fresca mientras los más pequeños juegan al escondite entre las sombras de sarcófagos de olvidadas damas nobles.
La instalación de una fuente neoclásica
El antiguo foso, hoy convertido en plaza, no tardó en consolidarse como uno de los espacios más idiosincráticos y queridos del pueblo. La metamorfosis se completó cuando en 1861 se instaló una monumental fuente de ocho surtidores. Aunque de estilo neoclásico, la fuente es, tal como el entorno cisterciense lo requería, de factura respetuosamente sencilla. Quizá no es casualidad que la fuente tenga también planta octogonal, de ahí sus ocho chorros de agua, igual que el cimborrio linterna y el cimborrio campanario, las dos moles que vigilan la fuente desde las alturas, como si el arquitecto hubiera querido que las piedras se guiñaran un ojo a través de los siglos.
Fuente neoclásica de ocho surtidores. La fuente se instaló en 1861 y se alimenta del mismo agua que el monasterio canaliza desde hace siglos para su abastecimiento.