El monasterio y la fundación del Cister
La fundación del Císter es un hito destacado en la historia religiosa de Europa.
La orden nace en Francia en 1098 con la intención de restablecer una observancia más estricta de la regla monástica benedictina. En Cataluña, los monasterios de Santa Maria de Vallbona, Poblet y Santes Creus se convirtieron en sus tres centros más importantes, a la vez fundadores y patronos de muchas otras filiales.
Antes del Císter
Comunidades de monjes y eremitas que vivían en aislamiento y entregados a Dios habían existido desde prácticamente el origen del cristianismo. Cada grupo solía disponer de sus propias normas de funcionamiento. Pero estas normas a menudo se olvidaban con el paso del tiempo, generando disputas y abocando a las comunidades a la extinción.
Las cosas cambiaron con la vida y enseñanzas de San Benito de Nursia en el s. VI., quien estipuló, en una regla escrita, cómo debía ser la vida del buen monje. Las consignas de la regla benedictina se convertirían en la base de cualquier orden monástica futura: vivir en comunidad de bienes, respetar la obediencia de un abad, vivir en pobreza como Jesucristo, y entregarse a la oración y al trabajo manual como vías de acceso a Dios.
San Benito de Nursia entregando la regla a sus discípulos. Fijémonos en que el hábito con el que los imagina este miniaturista del siglo XII es negro, de ahí el apodo de "monjes negros". El hábito de los cistercienses será blanco. St. Monasterio de St. Gilles, Nîmes.
A partir de este momento, la mayoría de órdenes monásticas aparecidas en toda la Cristiandad no serían otra cosa que disposiciones extraordinarias para asegurar la aplicación y modernización de esta regla benedictina. El Císter, nacido en el s. XI, es un buen ejemplo.
Los tiempos del Císter. La hora de las abadías
El nacimiento del Císter en el s. XI, por tanto cinco siglos después de la institución de la regla de san Benito, forma parte de un proceso renovador muy profundo que vive la Iglesia desde el año 1000: la Reforma Gregoriana, con la cual la Iglesia se había volcado en recuperar su independencia frente a la intromisión de los poderosos laicos, en deshacerse de la corrupción y el clientelismo y en estar más presente en el día a día de los fieles.
Imbuidos de este espíritu regenerador, entre los siglos XI y XII nacieron numerosas órdenes monásticas que se expandieron rápidamente por los condados catalanes como el propio Císter (Poblet, Santes Creus, Vallbona), Cluny (Sant Pere de Caserres), los cartujos (Scala Dei), los grandmonteses, y también órdenes monásticas militares como los Templarios y los Hospitalarios entregados a la Cruzada, un ideal nuevo fruto de este mismo impulso cristianizador que recorre toda Europa.
Estas comunidades monásticas construyeron majestuosos edificios y concentraron durante siglos la cultura del presente y del pasado en sus bibliotecas. A menudo también desempeñaron un importante papel en la política del reino asesorando a obispos, nobles e incluso reyes o al propio Papa. En la época medieval las abadías crecieron en número, extensión y poder, convirtiéndose en grandes señoríos feudales.
Robert de Molesme y la fundación del Císter
La fundación del Císter se inició con el afán reformador de un monje del condado de Borgoña, hoy Francia, llamado Robert de Molesme. Robert era un monje inquieto que había pasado por diversos monasterios benedictinos, ocupando cargos de importancia, lo que le había permitido meditar largamente sobre lo que, a su parecer, eran flagrantes desviaciones del espíritu inicial de la regla de san Benito. Para él, muchas abadías benedictinas se implicaban en exceso en los asuntos políticos de príncipes y obispos, acumulaban excesivos tesoros, se excedían en la ornamentación de sus iglesias, llenas de esculturas y vitrales, de sus preciosos manuscritos y de la propia liturgia. Según Robert de Molesme, las abadías se estaban convirtiendo en castillos fortificados donde los monjes se refugiaban para estudiar y rezar, olvidando sus deberes de pobreza y trabajo.
Con estas preocupaciones quemándole el hábito, el monje Robert junto a un pequeño grupo de eremitas decidió retirarse a un terreno aislado para fundar una nueva comunidad, más pura, más fiel al Evangelio y a la regla de san Benito, basada en la austeridad, el aislamiento y la disciplina. El éxito de esta nueva comunidad reformada, que recibe el nombre de Cîteaux, fue rotundo.
Se dice que el nombre de Cîteaux (Cistercium en latín y Císter en catalán) proviene del término "Cistel", que significa caña, ya que esta crecía en abundancia en las riberas del río Saona, en Borgoña, donde Robert fundó su Novum Monasterium.
Expansión y éxito. El siglo de San Bernardo
La reputación de los “monjes blancos” de Cîteaux, llamados así porque los cistercienses vestían cogullas de lana sin teñir a diferencia de los “monjes negros” benedictinos, no dejó de aumentar en el siglo XII. La disciplina, la apuesta por el trabajo en el campo, la elección de asentamientos en tierras despobladas e inhóspitas para rehabilitarlas y la solidaridad y control entre comunidades de la misma orden convirtieron las filiales del Císter en un auténtico fenómeno de colonización. En la época de la fundación de Vallbona, apenas un siglo después del nacimiento del Císter, ya existían por toda Europa más de 300 filiales, en muchos casos asentadas en tierras hasta entonces consideradas yermas, recién conquistadas a los infieles o simplemente salvajes.
Filiales de Cîteaux en la época de la adhesión de las eremitas de Vallbona al Císter. Las primeras cuatro abadías hijas, marcadas en distintos colores, fueron de vital importancia en la configuración de la organización de la orden.
Es difícil hablar de la orden del Císter sin mencionar al cisterciense más célebre de todos, incluso por encima de su propio fundador. Hablamos de san Bernardo de Claraval, abad de dos de las primeras filiales de Cîteaux, promotor de cientos de nuevas fundaciones en toda Europa, autor de importantes obras teológicas y morales que marcaron profundamente el cristianismo de su época. Hiperactivo, gran predicador de la Cruzada y viajero, consejero de príncipes y de papas, san Bernardo es una figura clave de la Europa medieval, sin la cual es difícil comprender el éxito de la orden del Císter.
La lactancia de San Bernardo. Probablemente uno de los episodios (hagiográficos) más famosos de la vida de Bernardo de Claraval es la lactancia que recibió de la Virgen en sueños cuando era un joven monje. Fijémonos en que, como buen cisterciense, el hábito del monje es blanco. Retablo de la Capilla del Temple, Museo de Mallorca (s. XIII).
A modo de anécdota, la capilla del brazo izquierdo de la iglesia de Vallbona está dedicada a San Bernardo y también el refugio del monasterio recibe el nombre del gran abad de Claraval.
¿En qué se diferencia el Císter?
Aunque los cistercienses siguen la regla de san Benito, no se consideran técnicamente benedictinos. La diferencia no es de fondo sino administrativa: cuando en el s. XIII la Santa Sede reagrupó las órdenes monásticas en grandes familias, quedó claro que el Císter había llegado a ser tan poderoso que por sí solo formaría una única orden.
Dicho esto, ¿cuáles son realmente los rasgos diferenciales de los cistercienses respecto al resto de órdenes que también siguen la regla de san Benito? Probablemente entre las características más importantes se encuentran las siguientes:
1. Sencillez y pobreza: A nivel espiritual, el Císter es una relectura rigorista de la Regla de San Benito. Esto significa que insiste en la austeridad y la pobreza. Por ello hay que renunciar a la propiedad y vivir en comunidad: compartir mesa y dormitorio. La alimentación debe ser frugal: vino preferiblemente insípido, pan negro, sin carne. El hábito debe ser rústico y sin teñir (de ahí el color blanco); la arquitectura funcional y sencilla: paredes desnudas, motivos escultóricos simples, florales o arabescos pero no figurativos (aunque en Vallbona algunos están presentes en el monasterio, fruto de épocas de relajación de la regla). Los oficios religiosos deben ser simples y con gran peso de la oración y el canto. Esta impactante sencillez litúrgica puede apreciarse aún hoy en los oficios del monasterio.
2. Asentamientos rurales y trabajo manual: El éxito del Císter no fue solo espiritual sino también económico. La orden se convirtió en uno de los principales motores de repoblación de tierras abandonadas, yermas o, como en el caso de Vallbona, de territorios recientemente conquistados a los sarracenos.
Los cistercienses funcionaban como una explotación agrícola altamente coordinada. Cada nueva comunidad fundada se beneficiaba de los conocimientos técnicos de comunidades más experimentadas. Fueron expertos en la construcción de molinos, acueductos, el cultivo de nuevas variedades, la elaboración de vino, etc. Por ejemplo, el agua que llega hoy a la fuente de la plaza de Vallbona se recoge dos kilómetros arriba del valle a partir de una sofisticada canalización medieval construida por el monasterio.
3. Coordinación y disciplina: El Císter se organiza en todos los niveles siguiendo un fuerte principio de obediencia que le permitió expandirse rápidamente por Europa sin perder identidad. En el interior de los monasterios se imitaba el orden feudal de la sociedad laica: la abadesa, con poderes casi absolutos, representaba al señor; las monjas se equiparaban a sus caballeros cristianos que le debían obediencia (en Vallbona la mayoría eran de familia noble); y los campesinos y menestrales asociados a la abadía mediante impuestos, tasas y obligaciones formaban el último estamento, la clase productora.
Entre monasterios y abadías cistercienses también existía un principio de orden basado en control y solidaridad. Cada nueva fundación era supervisada por la comunidad madre, que mantenía la obligación de visitarlas anualmente. Vallbona, por ejemplo, fundó numerosas comunidades hijas en Cataluña y más allá, a las que supervisaba y arbitraba en conflictos. En última instancia, los monasterios más importantes enviaban a sus abades al Capítulo General cisterciense reunido anualmente en la casa madre de Cîteaux, en Francia. La pirámide era perfectamente sólida.