Fina escultura románica con retoques góticos, una de las imágenes que ha convocado más devoción en Vallbona.

Hierática pero elegante, esculpida en una sola pieza de piedra caliza, tan típicamente blanca de estos valles, la obra habría sido concebida a finales del siglo XIII aunque, muy probablemente, retocada en el siglo siguiente adaptando su apariencia a los gustos góticos.

Numerosos son los milagros e intercesiones atribuidos a esta Virgen, que siempre ha estado muy presente en la vida religiosa de las monjas y de todo el pueblo.

Una mezcla de estilos

Siempre que los historiadores se han propuesto datar o identificar la autoría de esta obra, se han encontrado con el problema de una escultura que mezcla elementos artísticos propios de épocas muy diferentes.

Por un lado, la temática y numerosos rasgos estilísticos son típicamente románicos: el motivo de la virgen y el Niño sentados sobre cojines con cabezas de animales, que simbolizan la subyugación del Mal, la composición frontal y en perfecta simetría, la rígida gestualidad del niño Jesús con una mano desproporcionadamente grande en actitud de bendición así como el tratamiento esquemático y plano.

Vista de conjunto. La composición simétrica, el hieratismo icónico del Niño Jesús o su gestualidad son rasgos románicos; el acabado de la ropa y del rostro de la madre de Dios hacen, por el contrario, pensar en contribuciones góticas.

Por otro lado, desconcierta encontrar numerosos elementos más propios de la escultura gótica: la finura del rostro de la Virgen, su maternal sonrisa o el naturalismo en los pliegues de su ropa y su cabello, que contrastan con el tratamiento mucho más esquemático que recibe la figura del niño Jesús.

Para poder comprender esta mezcla de estilos, los historiadores han propuesto diversas hipótesis. Podría ser que la obra hubiera sido concebida en el románico, seguramente en el s. XIII o incluso antes, pero se hubiera remodelado más tarde en el s. XIV, introduciendo acabados de una finura y delicadeza más propiamente góticas. También podría ser, y así se ha hipotetizado, que la obra se hubiera rehecho completamente en época gótica, si bien se habría inspirado en una popular imagen anterior, románica, quizá de madera, y hoy desaparecida.

Fuera joyas y maquillajes. La restauración del s. XX

La Virgen del Claustro ha recibido, muy recientemente, otro cambio de imagen importante. A principios del siglo XX, la escultura aparecía completamente diferente a como se expone hoy. Con el paso de los siglos, tanto la Virgen como el Niño Jesús se habían coronado espléndidamente con suntuosas coronas de metales preciosos; ella había sido engalanada con pendientes, collares, y todo el conjunto escultórico aparecía ricamente policromado. La Virgen tenía la piel oscurecida por el humo de las velas y pasaba por una Virgen morena. Poco tenía que ver con la imagen delicada y sencilla concebida en la época medieval.

Virgen del Claustro antes de la restauración de 1927.

En 1927, no obstante, el cardenal Vidal i Barraquer promovió su restauración, la cual incluía precisamente eliminar todas las policromías, las raspaduras y las joyas que la imagen había ido acumulando a lo largo de los siglos.

Abogada de la lluvia y la fecundidad

La devoción a la Virgen del claustro ha sido muy importante a lo largo de los siglos, no solo por las propias monjas, sino por el pueblo de Vallbona que periódicamente la sacaba en procesión, y por las comarcas vecinas que se trasladaban a Vallbona en peregrinación para adorarla.

Y es que la Virgen del Claustro se había especializado en un tipo de intercesiones especialmente vitales para la ruralía. Se la considera una poderosa abogada de la fecundidad, tanto de los campos y de los cultivos como también de las personas. A ella se la invocaba en tiempos de sequía para propiciar lluvias, pero también para propiciar embarazos y felices partos.

Ilustración de un gozo a la Virgen del Claustro. La mujer de la izquierda lleva un niño en brazos y el hombre de la derecha un paraguas.

Recogemos aquí una estrofa de un gozo que le dedica el poeta Ramon Blasi i Rabassa, a mediados del siglo XX:

Quan la partera el fruit espera
i ha d'infantar entre vida i mort,
vós que de Déu sou mitjancera
no li negueu el sant conhort.
No la deixeu en tals instants,
els més sublims de tota dona:
Santa Maria de Vallbona,
deu-nos pluja i bons infants!

Un milagro muy reciente

En el año 1945, las comarcas del poniente catalán sufrieron una terrible sequía, la cual junto con las penurias de la posguerra, arrastraron a los vecinos de Vallbona al hambre y a la desesperación.

El ayuntamiento de Vallbona pidió al monasterio que abriera el acceso a la capilla de la Virgen del Claustro, propiciadora de lluvias y fertilidad, para que los vecinos de Vallbona pudieran llevar a cabo una novena, es decir una batería de oraciones que duraría nueve días. Las monjas, aunque en aquellos años observaban una clausura mucho más estricta que hoy, accedieron.

Durante los nueve días y nueve noches que duró la novena, cada familia de Vallbona hizo turnos para velar la Virgen del Claustro en su capilla, pasando una y otra vez el rosario de manera que la oración prosiguiera ininterrumpidamente. Al octavo día de intensas oraciones, tocaba sacar la Virgen en procesión; las propias monjas se encargaron de bajarla del pedestal a pesar de sus 160 kilos de roca caliza; la vistieron apropiadamente y la llevaron hasta la reja de la clausura donde la abadesa, solemnemente empuñando el báculo, la entregó al alcalde.

El pueblo se volcó en las calles para ver transportar la venerable imagen. La sequía había golpeado con tanta perfidia que incluso los más descreídos del pueblo se sumaron, con la boca pequeña, a las oraciones y cánticos de los oficiantes más fervorosos. Las monjas por su parte, obligadas por la estricta clausura de aquellos tiempos a permanecer en el monasterio, entraron en una profunda oración.

Fue cuando ya llevaban la Virgen del Claustro de vuelta al cenobio que un vecino señaló el cielo y entonces todos pudieron ver que algunas nubes comenzaban a hincharse y oscurecerse. Fue volver a colocar la Virgen del Claustro en su pedestal y sentir el cielo rasgarse en rayos y truenos. Llovió durante ocho días y ocho noches seguidas y fue así, dice la historia, que la terrible sequía de 1945 llegó a su fin.